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4 de septiembre de 2014

La prueba de Amor.

Miguel se llama el huracán que azotó, destrozó, removió, alteró, complicó, animó, destruyó mi vida hace ya casi siete años.
Como todos los desastres naturales, su presencia me asustó, torturó, excitó, emocionó y casi me ahogó.
Entre tantas vueltas, nunca tuve la cabeza en su lugar, la verdad, es que parecía estar en drogas desde el día que lo conocí.
Ya lo dijo Juan Gabriel en su canción: "no lo niego, fuí feliz pero con muy poco amor".
Ese romance, duró poco más de tres años entre montones de broncas, momentos felices, algo de violencia, muchos secretos y artes ninja en el tema de la cama.
Aprendí muchas lecciones, el noventa por ciento a la mala.
Claro, también tuvo cosas maravillosas que le reconozco y que por ello es que aprendí a respetarle.
Una fría noche de diciembre, un ocho para ser exactos, me enfrenté a ese ojo del huracán. El que dicen que es una parte dónde parece que nada pasa pero en realidad, todo sucede.
Me miró a los ojos y me dijo: YA NO TE AMO.
¿Y que se hace cuando el amor de tu vida te dice esas palabras sin pestañear siquiera?
¿Le pegas, lo maldices, le sacas los ojos, le rompes los dientes, lo ahogas en la coladera, le tiras la comida encima?
¿Qué?
Yo decidí darle la prueba más grande de mi amor por él.
Con la misma seguridad que él me miraba fijé mi vista en sus ojos, le pregunté: ¿estás seguro? Dijo que si.
Entonces, sin hacer caso  a ese dolor enorme que atravesaba mi pecho, le dije:
"Sólo me queda recordarte que te amo y que te voy a extrañar. Cuídate"
Abrí la puerta principal y lo vi marcharse.
Esa noche, lloré como una Magdalena y aprendí, que a veces, demostrar amor, significa dejar ir...

21 de agosto de 2014

LA historia.

Escribí una historia hace años, una historia que quedó en continuación y a la que nunca quise darle un final definitivo. Mi historia estaba escrita a dos manos.
En verdad, ninguno de los dos quiso terminarla, solo la arrumbamos en algún estúpido rincón.
O quizá él puso en punto final y yo le agregué dos más.
Nunca dejé de pensarlo. 
Han pasado, no sé, muchos pares de años.
Y esta historia se estrelló en mi cara un frío día de diciembre.
Ahora, más por mi gusto que por el suyo, he continuado con la historia.
En realidad, pensé que la escribía, que la controlaba, que podía manejarla, pero no.
Ella es quien ha dictado cómo deben ser las cosas, qué es lo que debe ir sucediendo y lo peor es que los sentimientos que ha despertado en mi no son normales.
Mi historia debe tener un punto final, sin embargo, cada que lo escribo, me lleva de la mano a convertirlo en un punto y seguido, incluso a veces, un punto y aparte, pero nunca final.
Miles de sentimientos que ni siquiera sabía que existían se han estado arremolinando dentro de mi y no sé por dónde debo empezar a acomodarlos.
No es una historia de amor, pero a veces lo parece. 
En momentos, pareciera una historia de terror y en cuando menos lo esperas, tiene algo de acción y mucho de suspenso.
Ya no sé si quiero.
Me he convertido en el personaje más borroso de cualquier historia y a la vez, el más fuerte.
Ya no quiero ser la fuerte.
Y como le hago?
Como le quito el control a la historia y retomo la pluma y el papel?
En qué momento dejé que me conquistara?
No me asusta, pero, no lo quiero.
No lo quiero por que se parece en muchos párrafos a la historia que terminé y que lejos de olvidarla, me ha marcado de por vida.
Esa historia que quise arrancar del libro y que trate incluso, de quemar de todas las maneras.
No la quiero.
Así que, cómo se convierte uno en escritor?

17 de mayo de 2014

Diez y siete cero cinco

Era un sábado, como hoy, hace seis años.
Tocó la puerta y cuando abrí, un enorme ramo de rosas rojas apareció frente a mis ojos.
Escuché un suave "¿Quieres ser mi novia?" y sus negros ojos aparecieron tras aquellas flores.
No le respondí, solo lo besé.
Me colgué de su cuello y me preguntó: "¿Es un sí?"
Y hasta entonces dije: ¡sí!

Así comenzó.

Hoy se cumple un año más de aquello aunque él ya no está.

Ni la que era yo.

Esa historia se terminó hace tres años y yo, yo construyo una nueva cada día que abro los ojos.
Voy un día a la vez, como los alcohólicos.
El final del cuento fue un accidente fatídico del que aún no me recupero, del que aún me duelen las heridas, del que quedé marcada con cicatrices imborrables por todo el cuerpo... del que apenas sobreviví.

Hoy, le lloro a ese recuerdo, pero no a esos ojos.

Le he llorado a lo que fue y ya no será.

Hoy, le lloro a la que fui.